Cada diciembre, muchas personas sienten que algo “termina”: el año se acaba, el tiempo se agota y las metas que no se cumplieron pesan más que nunca. En el episodio de Vinculando y Potenciando con la Dra. Joyce: “La Ilusión de Cierre de Año”, se propone una mirada distinta y liberadora: el tiempo no termina, fluye. Y creer que el año se “cierra” puede convertirse en una trampa mental que afecta nuestra productividad, bienestar y relación con nuestras metas.
El tiempo como una construcción humana
El tiempo, tal como lo entendemos —minutos, horas, semanas o años—, es una medición creada por los seres humanos. En realidad, el tiempo no se detiene ni se reinicia en enero; es un flujo continuo. Sin embargo, al dividirlo en ciclos artificiales, solemos asignarles un peso emocional desproporcionado, especialmente al final del año.
Esta percepción nos lleva a pensar que diciembre es el “último momento” para hacer balances, corregir errores o intentar cumplir objetivos que llevamos postergando desde enero. El resultado no suele ser motivación, sino estrés, culpa y frustración.
La trampa de postergar hasta “después”
Una de las consecuencias más claras de la ilusión del cierre de año es la postergación. Al creer que “todavía hay tiempo”, dejamos tareas importantes para el final: renovar documentos, estudiar, tomar decisiones clave o avanzar en proyectos personales. Cuando finalmente llega diciembre, todo se acumula y aparece la sensación de ir corriendo detrás del reloj.
Esta lógica no solo afecta nuestras metas a largo plazo, sino también nuestra productividad diaria. Vivimos reaccionando al calendario en lugar de actuar de forma consciente en el presente.
Escoger tu propio tiempo: una forma de ganar tiempo
Citando a Francis Bacon, “Escoger el propio tiempo es ganar tiempo”. Esto implica dejar de depender exclusivamente de fechas externas —como el fin de año— y empezar a decidir activamente cuándo y cómo trabajar en nuestras metas.
En lugar de esperar a diciembre para evaluar el año, propone una práctica mucho más efectiva: revisar diariamente qué estamos haciendo para acercarnos a nuestros objetivos. Pequeños ajustes constantes tienen un impacto mucho mayor que grandes reflexiones tardías.
Priorizar desde el presente
Cuando somos dueños de nuestro tiempo, la priorización se vuelve más clara. Tener objetivos presentes nos permite decir “no” con mayor facilidad: no a distracciones innecesarias, no a reuniones irrelevantes, no a hábitos que no nos aportan. No se trata de rigidez, sino de coherencia entre lo que queremos y lo que hacemos hoy.
El enfoque deja de estar en “el año que viene” y se traslada al ahora, donde realmente ocurren los cambios.
Usar el tiempo a tu favor
El mensaje final es claro y esperanzador: las mediciones del tiempo no son el enemigo. Pueden ser herramientas útiles si aprendemos a usarlas a nuestro favor, sin permitir que gobiernen nuestras decisiones ni nuestra autoestima.
Liberarnos de la ilusión del cierre de año nos permite entender que siempre es buen momento para empezar, ajustar o retomar un objetivo. No hace falta esperar a enero ni temer a diciembre. El tiempo no se acaba: continúa. Y con él, también continúan nuestras posibilidades.